martes, 23 de octubre de 2012

Me dediqué a escuchar al viento.


Bramaba, su grito desgarrador se asomaba por la ventana.
era como una ola desesperada golpeando en la roca
la madrugaba aguantaba en silencio, hasta que intrépido se hace notar
desperté, pero no quise oírle, decidí entonces prender mi radio, y no escuchar.

Con sonidos que pudieran ignorar su voz… fue en vano.
en determinados momentos, su golpear era inmisericorde,
la ventana parecía caer a pedazos… se asomaba su voz…
a veces tenue, a veces fuerte, tanto, que la radio pasaba a un segundo plano.

Con sigilo salí de la habitación, me encaminé a la cocina,
y allí, decidiendo tomar un café al somnoliento amanecer,
pensé en los silencios a mis preguntas torpes…
pensé en mi bravura en momentos de silencio…
pensé en mis anhelos ignorados hasta por el viento…

De nuevo la lágrima asoma en la esquina de la pestaña
sigilosa dice ¿y ahora qué te pasa?
silencioso ya el radio al haber cumplido su tarea de invadir el espacio,
me dediqué a escuchar al viento.
me dediqué a escuchar su silencio.

Él me decía que nunca lo habían arrullado,
que se acercaba a las nubes y éstas salían volando…
que iba hacia la montaña e inerte observaba su torpe paso,
y los árboles reían de temor y abrazo…
sentí su bramar inconsolable.
me dediqué a escuchar al viento… y lo noté bello.
me dediqué a escuchar al viento… y comprendí su furia
quise gritar de nuevo, pero no me atrevo,
el viento me mostró su bramar en el silencio andariego.

“Viento. Tú que viajas por el mundo si la ves,
dile que aún la quiero y sigo fiel,
fiel a sus caricias su perfume y su desnudez,
Viento si supieras cuanto amo yo a esa mujer…”